El adiós a un capo: pompa militar y lujo en el funeral de un narcotraficante

La mañana en la calle Gigantes transcurría con una aparente normalidad, aunque teñida por la sombra de un operativo de seguridad que mantenía en vilo a los vecinos. Los comercios abrieron sus puertas como cualquier otro día, y los transeúntes se desplazaban entre sus rutinas: unos con prisa hacia sus trabajos, otros cargando bolsas del mercado o deteniéndose a conversar en las esquinas. Sin embargo, la presencia de agentes y patrullas en los alrededores recordaba que algo extraordinario ocurría a pocos metros.

Dentro del inmueble, la actividad no cesaba. Empleados de la funeraria, vestidos con sobriedad, entraban y salían con discreción, mientras que allegados y familiares llegaban con alimentos para quienes velaban al difunto. Los arreglos florales seguían acumulándose en la entrada, aunque la mayoría carecía de tarjetas o dedicatorias visibles, como si el anonimato fuera parte del duelo. Algunos ramos destacaban por su tamaño y elegancia, pero el silencio parecía envolver cada gesto.

Mientras tanto, en el Cementerio Recinto de la Paz, las autoridades desplegaban un segundo dispositivo de seguridad en previsión de la llegada del féretro. El lugar, usualmente tranquilo, se transformaba en un punto de máxima atención, con agentes federales posicionados en puntos estratégicos y barreras que delimitaban el acceso. Aunque el ambiente era de expectación, no se reportaban incidentes, y el tráfico en las calles aledañas fluía sin contratiempos.

Poco antes del mediodía, el cortejo fúnebre abandonó la calle Gigantes, marcando el inicio de un nuevo capítulo en este ritual de despedida. El féretro, captado en imágenes por algunos medios locales, llamaba la atención por su diseño: un ataúd dorado que brillaba bajo el sol, como si el color buscara honrar una vida que ahora partía. La comitiva avanzó con lentitud, escoltada por las fuerzas de seguridad, mientras los curiosos se asomaban desde las aceras para presenciar el paso de la procesión.

Una vez que el cuerpo llegó al cementerio, la vigilancia se intensificó aún más. Los elementos federales, ahora concentrados en el recinto, mantenían un perímetro amplio para garantizar el orden. Las autoridades, por su parte, aseguraron que no había motivos para alarmarse, aunque la presencia de tantos uniformados dejaba claro que se trataba de un evento de relevancia. Los asistentes, en su mayoría vestidos de negro, ingresaban en grupos reducidos, mientras que los arreglos florales continuaban llegando, como un último tributo antes de la inhumación.

La jornada, que había comenzado con la cotidianidad interrumpida por el duelo, llegaba a su fin con la solemnidad que merecía. Los vecinos, ya acostumbrados al movimiento inusual, retomaban poco a poco sus actividades, aunque el eco de lo ocurrido permanecería en sus conversaciones por días. Mientras tanto, en el cementerio, el silencio se imponía como el único testigo de un adiós que, aunque privado, había dejado huella en la ciudad.

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